El la miró, la miró fijamente, conocía ese rostro tan celestial, tal como lo recordaba. 
No podía parar de pensar en todo lo vivido, aquellos recuerdos (acompañados de dolor) escondidos por su inconsciente desde aquella ruptura.
Se emocionó al verla, pero al mismo tiempo, su furia, completamente resentida, lo estaba devorando.
Pensó en saludarla, pero no, su miedo a perder el control lo frenaba cada vez más.
A la mirada de los demás, él estaba perdido, mirando a un punto fijo, probablemente inexistente. Pero a él no le importaba.
Ella lo miró.
Él entró en pánico, empezó a sudar, se puso nervioso, tenía miedo de hablar, era obvio que iba a tartamudear si lo hacía, pero tampoco podía quedarse en silencio. No sabía qué hacer.
Ella volteó un mili-segundo y al mirar de vuelta,
él ya no estaba.